El adentro del afuera

¿Cómo habitamos la ciudad cuando comprendemos que en realidad nadie nos ve? Estamos todo el tiempo rodeados de extraños en el cotidiano andar de la urbe, pero ¿a cuantos de ellos les dirigimos la palabra, con cuantos de ellos entablamos realmente una conversación, una relación más allá de lo banalmente cotidiano? Este ensayo fotográfico va de eso, de ese espacio callejero en que nuestra propia proyección se ve confrontada con la alteridad, esa mirada que muchas veces nos atemoriza, nos atraviesa y sin embargo pretendemos desdeñar. En este sentido, la ciudad muchas veces puede ser hostil, los terceros espacios de los que habla la sociología no siempre existen, entonces nos vemos sumidos en una introspección acompasada por el bullicio de las calles de la gran ciudad, porque Santiago por muy pequeña que parezca ante Sao Paulo o Buenos Aires, es una gran ciudad, al menos es nuestra gran ciudad, con todos los pros y los contras que eso conlleva.

Habitar la ciudad no es sólo tener un espacio donde dormir, donde trabajar, no es solamente sentarse en un parque o alguna plaza, es irremediablemente, ser afectados por la urbe, al mismo tiempo que de un modo u otro seguimos influyendo en su devenir, más o menos esperanzador. La ciudad, esta ciudad, si bien se ha vuelto en cierto modo más amable, se ha vuelto de otros modos más agresiva, la sobrepoblación ha generado un aislamiento aglomerado, una suerte de oxímoron de la existencia, las colectividades se han difuminado, los tiempos en los trayectos casa-trabajo se han ampliado, hoy más que nunca estamos solos frente al mundo. Esto afecta el modo en que nos desplazamos, la máscara que deseamos proyectar en nuestro transitar, para que no nos molesten, para que nos miren o para pasar lo más desapercibido posible, en ese aparentar nos confrontamos a la soledad urbana, que por contraposición a la soledad en espacios naturales, es más una proyección que una introspección.